viernes 4 de diciembre de 2009

- Tiranas de la historia 4 -> Herodes y Salomé


El mal entró al mundo por una mujer, ¡no me toquéis!
~ Oscar Wilde, Salomé


Cierta vez Juan Bautista tuvo el mal tino de acusar públicamente a Herodías, esposa de Herodes de Antipas, de adultera. Y mientras el pueblo empezó a odiarla por eso, ella empezó a odiar con todas sus fuerzas a Juan Bautista y empezó a planear su muerte.
Herodías, tenía una hija, Salomé (también conocida como la bailarina del demonio xP), quién había nacido del matrimonio de Herodías con su tío (dicho sea de paso hermanastro de su actual marido, lo dejó al considerar que su hermano, nada menos que el tetrarca, le era mucho más provechoso.).
Herodes de Antipas, supersticioso como era, no se atrevía a asesinar al profeta así que mandó a encarcelarlo. Pero a su esposa no le bastaba con que llevara dos años en la cárcel, ¡no podía tolerar que un mendigo harapiento se atreviera a reprochar su conducta!
Entonces maquinó un plan super perverso (¿)
El día del cumpleaños del tetrarca, Herodías esperó que su esposo y sus comensales estuvieran borrachos y mandó a Salomé, a seducirlo con un baile.
El rey se vuelve sumamente loco por ella, y le ofrece cualquier cosa que quiera, ¡incluso la mitad de su reino! Entonces, la jovenzuela, tras consultarlo con su madre ¿Qué le pide al rey? ¡Qué otra cosa si no es la cabeza de Juan Bautista en bandeja!
El rey se arrepiente, pero como sabe que sus invitados escucharon el juramento que le hizo a la bailarina, no quiere quedar como un idiota delante de todos y manda a asesinar al profeta, aun sabiendo que es una persona inocente. Le entrega la cabeza a Salomé y esta a su madre que se regodea de felicidad al verse por fin satisfecha.

En la obra de Oscar Wilde, Salomé. Salomé está enamoradísima de Juan Bautista, tanto que ya raya la obsesión, pero el profeta la rechaza.
Y, como podrán varios imaginar, cuando le entregan la cabeza ensangrentada del profeta a Salomé, esta la besa apasionadamente.

sábado 21 de noviembre de 2009

- So wake me up when the world grows a pair of... fangs!

Mató este video *_*
Twitards abstenerse xD
Y lo ví sin subtitulos y después encontré este -.-' así que no sé si esta bien subtitulado xP
ahora cuando lo subo lo miro ^^

- Tiranas de la historia 3 -> Judit

JUDIT



"Dios le castigo, poniéndole en manos de una mujer."

~ Libro de Judit

Judit era una viuda israelita y la describen de gran belleza.

El general Holofernes se había instalado en Betulia (pueblo israelí en el que vivía la viuda) con más 130 mil hombres para destruir toda forma de adoración que no fuera la “oficial” (adivinen cuál era duuh!) Así que estaban haciendo estragos entre los judíos de Betulia.

Judit, después de más de un mes de asedio ideó un plan para salvar a su pueblo, se presentó ante el sacerdote y, sin revelarle su idea, pidió su bendición para llevar a cabo su tarea (y obviamente el sacerdote se la dio)

Bellamente ataviada con joyas y sedas, (¿) sumadas a su belleza natural, se dirigió al campamento de Holofernes, le presentó un informe falso de la ciudad y pidió asilo. También pidió que le permitieran salir a orar fuera del campamento.

El general seducido por la viuda, no solamente aceptó hospedarla y dejarla salir a rezar, ¡sino que también organizó un banquete y una fiesta en su honor!

El general bebió más de lo de costumbre aquella noche de festejos. Judit esperó a que todos los invitados se retiraran y cuando el general se rindió al sueño...la viuda, con su propia espada, lo decapito de dos golpes en el cuello.

Metió su cabeza en una bolsa y salió del campamento. Como tenía permiso de salir a orar al campo los guardias no la detuvieron.

Así regresó triunfante a Betulia con la cabeza del enemigo como trofeo.

A la mañana siguiente fue tal el desconcierto de las tropas asirias al encontrar al general sin cabeza, que cuando los guerreros judíos les cayeron encima pudieron vencerlos como si nada.


Una historia preciosa, no digan que no ^^



miércoles 11 de noviembre de 2009

- Tiranas de la historia 2 -> Jael



Con la izquierda tomó el clavo,
y con la diestra el martillo de artesano.
y golpeó a Sísara, buscando en su cabeza el punto donde herirle,
y hundiédole con fuerza en la sien
Y Sásara entre los pies de ella se desplomó, desvaneció y murió.
Se retorcía ante sus pies, yacía exánime y miserable.
Por la ventana se asomó una mujer y se quedó esperandolo.
La madre de Sísara por entre las celosías decía:
¿Por qué tarda tanto en volver a su carro?
La pobre no sabía que su hijo había muerto, no gloriosamente en batalla,
sino dormido y por manos de una engañosa mujer.

~ El clavo de Jael, Antonio Mira de Amescua


Bien ese fragmentito resume un poco la historia de Jael.
El pueblo israelita considera a está mujer una heroina por salvar a su pueblo, engatuzando al enemigo y asesinandolo.
Sísara era el jefe cananeo, huyendo de las tropas de Israel llegó a la puerta de la tienda de Jael, ella ni lerda ni perezosa, lo invitó a pasar, él usando su mente machista llegó a la conclusión de " Qué va hacerme una mujer sola", además él era un guerrero y era más fuerte que ella U.U así que aceptó la invitación.
Jael le dio de beber, lo mimó y abrigó, entonces el confiado de la hospitalidad de la dama, agotado com estaba, se dio el lujo de quedarse dormido.
Jael con mucha cautela buscó una estaca y un martillo, con cuidado se acercó al durmiente y le atravesó cabeza, dejandolo clavado al piso.
Acto seguido salió de lo más triunfante a contarle a uno de los jefes israelitas de su victoria.


Me encanta está historia, aunque una vez más se trata de una historia biblica que deja mal paradas a las mujeres, no deja de encantarme ^^

lunes 2 de noviembre de 2009

- We are off to see the wizard

hace ya bastante Annie Leibovitz, usando a Keira Knighley como Dorothy, hizo para la Vogue está adorabilisima (?)sección de fotos basadas en el mago de Oz.










domingo 1 de noviembre de 2009

- Tiranas de la historia -> Lilith

Decidí hacer un mini especial de uno de mis temas favoritos, tiranos en la historia, pero dije… no, los tiranos están demasiado trillados y pensé, ¿Qué tiene la mente más retorcida y enferma que un tirano? ¡Una tirana! Así que el especial derivó en un especial de tiranas, de todas aquellas mujeres que la historia tachó de tiranas.
Bueno, todas es un decir. Tengo mis tiranas favoritas y son solamente esas las que van a aparecer.
Voy a intentar seguir un orden cronológico y voy a tratar de narrar sus historias de la forma más sencilla y resumida posible (esto incluye mis acotaciones y palabras que ningún profesor/historiador respetable usaría para explicar cosas jaja), porque sé que la gente que más abunda en el mundo es aquella a la que la historia la aburre –. –' y que así se pierden de conocer historias realmente fantásticas. Por último el especial incluye personas que existieron y mitológicas, aclaro por la dudas ja

Para empezar, la cronología, nos obliga a empezar por Lilith.



LILITH:




- Guárdate de su hermosa cabellera, la única gala que luce. Cuando con ella atrapa a un joven no le suelta fácilmente.
~ Mefistófeles en el Fausto de Goethe



Lilith fue la primera mujer de Adán, creada de barro como él, con sus mismos derechos por lo tanto.
La describen como una hermosa pelirroja de gatunos ojos verdes, temperamental, altiva y caprichosa.
Lilith hizo algo que la iglesia católica considera inaceptable: se negó a someterse al hombre (léase Adán, no había mucho para elegir en aquella época xP)
Se negaba a obedecerlo y a tener relaciones sexuales a menos que fuera ella quién dominara la cosa y no su esposo.
Tanto se quejó Adán que Dios (suponemos que para no escucharlo más quejarse xD) mandó un par de ángeles para hacer entrar en razón a Lilith ( eso varia desde el punto de vista de cada persona, desde el mío, vinieron para lavarle el cerebro, hacerle entender que ese libre albedrío del que gozaban no era tan libre y someterla a la pobre U.U)
Lilith no le dio bola a los ángeles, y estos insistieron en que tenía que cumplir con las ordenes del creador, entonces nuestra niñilla hizo algo terribilísimo, ¡pronunció el nombre de Dios en vano!
En ese momento se abrió la tierra y se la tragó, pero como la muerte todavía no se había inventado Lilith siguió viviendo bajo la tierra, ahí engendró, según algunos ella sola (no pregunten cómo, eso si xD) según otros con un demonio, hijos, los incubos y súcubos, ardientes demoñitos con formas masculinas los primeros y femeninas los segundos.

Pero la historia de nuestra niña de barro lujuriosa (¿?) no termina ahí. Las leyendas se han encargado de colgarle varios titulos extras.
Por ejemplo, algunos aseguran que Lilith odia a los recién nacidos y se solía a atribuirle a ella sus muertes.
Bueno… en realidad no se limitaban a decir “Fue culpa de Lilith” o “Lilith mata bebes” sino que según la encyclopaedia Judaica, después de matarlos se los robaba, les chupaba la sangre, la medula de los huesos y se comía su carne.

Otros dicen que fue Lilith quien, adoptando forma de serpiente, tentó a Eva a morder el fruto prohibido.

Por último, según Lilith y otros relatos, de Primo Levi. Lilith es fanatica (¿) del semen y está siempre al acecho de todo semen que se desperdicie (es decir, de todo aquel que no se usó para engendrar) por eso dicen que siempre está embarazada. (Bleh, Levi es más rudo, las palabras exactas son: “ es suyo todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que recibe por eso está siempre preñada y no hace más que parir” <– lo sé, fui una dulzura explicándolo xP)

Honestamente, yo personalmente no veo qué fue la malo que hizo Lilith como para que se la considere una de las mujeres más perversas de la historia (hablamos de la historia base, no de las leyendas en donde mata bebitos). Si no que creo, que tanto ella como más tarde Eva, fueron simples vehiculos de la iglesia católica para justificar su machismo asociando biblicamente a la figura femenina como el mal. Fin

domingo 25 de octubre de 2009

Romeo et Juliette

Me enamoré de este musical que está basado, obviamente, en la obra de Shakespeare.
Las canciones son taaaaaaan hermosas, que me cuesta elegir cuales poner.

Pero pongo tres de las que más me gustan, Les rois du monde, mi favorita sin lugar a dudas, Verona, y par amour. los dos primeros tienen subtitulos ^^

Creo que es el hecho de que este en francés que la hace tan mágica, porque encontré una versión Méxicana de la obra, con las mismas canciones y las mismas puestas en escena pero me pareció de lo más mediocre, o sea los bailarines y los actores le ponen onda pero simplemente no tiene el encanto de la versión original.







sábado 17 de octubre de 2009

- La noche

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer -¿fue ayer?- Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿desde cuándo...? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.



Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d'Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:

-¿Amigo, qué hora es?

-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer...

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?", me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar a la primera cochera. Toqué el timbre de cobre, que sonó en toda la casa; sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé... Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj... ya no sonaba... se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé... No oía la corriente bajo los arcos del puente... Unos escalones más... luego la arena... el fango... y el agua... hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría... casi helada... casi detenida... casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir... y que iba a morir allí abajo... yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.


- Guy de Maupassant